…..en esta tierra charrúa y su macroetnia, de hermanos muy valientes, hasta entregar hasta la última gota de su sangre por su libertad, tan amada, peleando con uñas y dientes si fuera necesario…. y como dijo el poeta, … si no sabian de patrias … sabian de querencias ….
Huebilú.

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nos hemos apoderado de su tierra; de los nombres que dieron a los arroyos, los rios y la fauna, y como homenaje a raza noble a su terruño, también de sus armas y utensilios que dejaron esparcidos por sus paraderos ….
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“La extensión territorial de los departamentos de Tacuarembó y Rivera fue una de las estancias que poseía la Compañía de Jesús, antes de su extensión.
Por los años 1817 a 1825, esta zona pertenecía a la jurisdicción espiritual de la parroquia de nuestra Señora de los Reyes de Yapeyú.
Por aquella época el franciscano Fray Domingo Morales -que llegó después a ser Cura Vicario de Yapeyú- recorría las reducciones de Mandisoví, San Roque, Rosario, Belén, Tacurembó Chico y otras que seguían gobernadas por sus caciques o cacicazgos.
En el lapso de tiempo que media entre 1820 y 1825, por las inmediaciones del Cerro de la Aldea, existía un núcleo compacto de indígenas, a quienes visitaba periódicamente el referido P. Fray Morales, y losreunía en un oratorio o capilla que el llamaba “Capilla de Tacuarembó Chico”, iluminando sus almas en torno de una rústica cruz de maeras, sin mas techumbre que el firmamento, después de haber vivido en contacto con ellos para aprender su idioma, refiriendo mil peripecias”.
Sbido es que nuestros indígenas en su estado social absolutamente primitivo no prticipaban de mas reuniones que con aquellos de su raza quienes solo conocían la música en el concepto mas elemental. Si algo lograron captar posteiormente ello fue por intermedio de los extranjeros que invadieron sus tirras, principamente y en primer lugar, los misioneros.
No es de dudar que este misionero jesuita, Fray domingo Morales, en sus visitas a la “Capilla de Tacuarembó Chico” se vaiera de cantinelas cristianas para seducir e influir con sus suaves vocalizaciones el ánimo de quellos seres de mirda penetrante y piel cobriza.
Si bien en Tacuarembó no encontramos referencia musical directa respecto de la música religiosa practicada por los indígenas, enlazando acontecimientos deducimos que esta práctica era común en el núcleo de población que comenzaba a surgir.
Remontándonos a las consecuencias del Tratado de las Misiones, nos encontramos con que Rivera funda la aldea o colonia militar San Borja a quince kilómetros de Durazno, la que solamente vive tres años como consecuencia de la corrupcion de las autoridades que la comandaban, y es asi que los indigenas misioneros que ahi se habian establecido con sus imagenes religiosas talladas en madera, fueron llevados a Durazno.
Cuando Bernabé Rivera se propone fundar la Villa de San Fructuoso, (Tacuarembó), nos encontramos con que va acompañado de soldados y algunas personas provenientes de las Misiones. Una de ellas, doña Brígida Algano, y posiblemente algunos indígenas misioneros, traían consigo imágenes reigiosas talladas en madera, a las que se les tributaba gran devoción.
Suponemos que ente ellos se encontrarían algunos indígenas que expresarían sus alabanzas melódicas a las imágenes que rendían culto lo mismo que al oficio reigioso en general. Pues el elemento indigena estaba bstante integrado a la comunidad campesina que componia el territorio.
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Las huestes del Cacique Sepé que acampaban por Arroyo Malo, solían visitar la población, (Villa San Fructuoso) en orden perfecto, cabalgando sobre hermosos caballos criollos y haciendo evoluciones por las calles y plazas, que lenaban de admiración a los pacificos moradores de este pueblo”.
No es de dudar que estos indios gauchos tuvieron sus cantares cuyo origen se remontara a las melodías lutúrgicas trasmitidas por los religiosos, que con el tiempo y la relación social de población de la campaña, derivaron en expresiones entonadas cuya particularidad es para nosotros desconocida.
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“Todo en ti trae recuerdos, todo sabe el pasado,
como un álito eterno de aquel tiempo que fue;
y devuelven sus sierras, en un eco quebrado,
las postreras canciones del Cacique Sep{e”. (Cosme René Benavídez.)

(sacado del libro de Fermiano Ramón Cardozo, de Tacuarembó, Uruguay)

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